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50 años de cambios de sexo, desórdenes mentales y demasiados suicidios

Transexuales (personas con Disforia de Género, patología psiquiátrica) que se someten a operaciones de “reasignación” de sexo no evidencian mejoría  en sus cuadros de depresión, común en ellos.   La depresión no solo se mantiene sino que, en muchos casos, llegan al suicidio.  Extremos que no derivan de discriminación que pudieran sufrir ya que aquellos se dan igualmente en países en donde no existe homofobia y, por el contrario, son catalogados como países inclusivos: Suecia, Finlandia entre otros.

Los primeros pioneros en la cirugía de reasignación de género y los estudios clínicos recientes coinciden en que la mayoría de las personas trans sufren de trastornos psicológicos concomitantes, lo que conduce trágicamente a altos índices de suicidio. La ilegalización de la psicoterapia para las personas trans puede ser políticamente correcto, pero muestra una imprudente indiferencia por la vida humana.

4 de octubre de 1966: El New York Daily News en su sección de farándula informó de una chica visitando los clubes de Manhattan y que admitía haber sido hombre en 1965. Había sido sometida a una operación de cambio de sexo en Baltimore en la clínica de género de la Universidad Johns Hopkins.

En 1979, trece años después, suficientes cirugías de género se habían realizado para evaluar los resultados. Ya era tiempo de tener un informe basado en pacientes reales.

1970: ¿Qué tan efectiva fue la cirugía de cambio? ¿Cuáles fueron los resultados para las personas transgénero?

El primer informe proviene del Dr. Harry Benjamin, un firme defensor de la terapia hormonal en el cambio de género y la cirugía de reasignación de género, que dirigía una clínica privada para los transexuales. De acuerdo con un artículo en el Journal of Gay & Lesbian Mental Health, “En 1972, Benjamin había diagnosticado, tratado, y hecho amistad con al menos un millar de los diez mil estadounidenses se sabe son transexuales”.

El endocrinólogo Carlos Ihlenfeld, colega endocrinólogo del Dr. Benjamín, administró terapia hormonal a unas 500 personas transgénero en un período de seis años en la clínica de Benjamin-hasta que empezó a preocuparse por los resultados. “Hay demasiado descontento entre las personas que se han practicado la cirugía”, dijo. “Muchos de ellos terminan como suicidas. El 80% de los que quieren cambiar su sexo no deberían hacerlo. “Pero incluso para el 20% que pensaba podrían ser buenos candidatos, el cambio de sexo no es, de ninguna manera, una solución para los problemas de la vida. Él piensa que es más como una especie de respiro. “Compra tal vez unos 10 o 15 años de una vida más feliz,” dijo, “y vale la pena por eso”.

Pero entonces, el mismo Ihlenfeld nunca se practicó un “cambio de sexo”. Yo lo hice, y estoy en desacuerdo con él en ese último punto: Ese respiro realmente no vale la pena. Después de que tuviera ese respiro por siete u ocho años, ¿Qué sucedió? Estaba peor que antes. Me veía como una mujer en mis documentos legales, me identificaba como una mujer –sin embargo, me daba cuenta de que al final del “respiro”, yo quería ser un hombre casi tan apasionadamente como alguna vez había anhelado ser una mujer. La recuperación fue difícil.

No obstante, en base a su experiencia en el tratamiento de 500 personas trans, el Dr. Ihlenfeld llegó a la conclusión de que el deseo de cambiar de género muy probablemente se deriva de factores psicológicos potentes. Él afirmó en Transgender Subjectivities: A Clinician’s Guide (Subjetividades Transgénero: Una Guía Clínica), “Lo que sea que haya hecho la cirugía, no llenó un anhelo básico para algo que es difícil de definir. Esto va junto con la idea de que estamos tratando de resolver superficialmente algo que es mucho más profundo. “El Dr. Ihlenfeld dejó la endocrinología en 1975 para comenzar una residencia en psiquiatría.

Hace unos tres años, mientras escribía mi libro Paper Genders (Géneros de papel), tenía curiosidad y llamé al doctor Ihlenfeld para preguntarle si había cambiado de opinión sobre las declaraciones que había hecho en 1979. Ihlenfeld fue amable conmigo en el teléfono y rápidamente dijo que no, no había cambiado de opinión. Es interesante en la atmósfera actual de la corrección política que el Dr. Ihlenfeld, un homosexual, sostiene la opinión de que la cirugía de reasignación de género no es la respuesta para aliviar los factores psicológicos que conducen a la compulsión de cambiar género. Aprecio su honesta evaluación clínica de las pruebas y su negativa a doblar los resultados médicos para adaptarse a un punto de vista político en particular.

A continuación, echemos un vistazo a la Clínica de Género de la Universidad Johns Hopkins, donde la “chica” transexual de la nota de chismes del New York Daily News tuvo su cirugía. El Dr. Paul McHugh se convirtió en director de psiquiatría y ciencias del comportamiento a mediados de la década de los setentas y le pidió al Dr. Jon Meyer, director de la clínica en ese tiempo, llevar a cabo un estudio exhaustivo de los resultados de las personas tratadas en la clínica. McHugh dice:

Los que se sometieron a cirugía] han cambiado poco en su estado psicológico. Tenían en gran medida los mismos problemas con las relaciones, el trabajo y las emociones que tenían antes. La esperanza de que emergieran de sus dificultades emocionales para florecer psicológicamente no se habían cumplido.

En 2015 me senté frente a Dr. McHugh en su despacho de la Universidad Johns Hopkins y le hice la misma pregunta que le había hecho el Dr. Ihlenfeld: ¿había cambiado de opinión con respecto a los géneros quirúrgicamente hechos? McHugh me dijo que todavía no ha visto una justificación médica para la alteración quirúrgica de los genitales, y que es la obligación de los médicos seguir a la ciencia para ver hacia donde nos conduce, en lugar de ignorar la ciencia para avanzar en lo que es correcto políticamente.

Estos dos médicos poderosos e influyentes fueron los primeros pioneros en el tratamiento de la transexualidad. El Dr. Ihlenfeld es un psiquiatra homosexual; El Dr. Paul McHugh es un psiquiatra heterosexual. Ambos llegaron a la misma conclusión, entonces y ahora: La cirugía no resuelve los problemas psicológicos de los pacientes.

2000: ¿Fueron los factores psicológicos de las clínicas Hopkins y Benjamín apoyadas por estudios posteriores?

Los estudios muestran que la mayoría de las personas trans tienen otros desórdenes psicológicos o morbilidad ocurriendo al mismo tiempo.

Un estudio de 2014 encontró que el 62.7% de los pacientes con diagnóstico de disforia de género tenía al menos un trastorno co-ocurrente, y se encontró a un 33% que tenía trastornos depresivos mayores, vinculados con ideación suicida. Otro estudio de 2014 de cuatro países europeos encontró que casi el 70% de los participantes mostró uno o más trastornos del Eje I, principalmente trastornos afectivos (humor) y de ansiedad.

En 2007, el Departamento de Psiquiatría de la Case Western Reserve University en Cleveland, Ohio, se comprometió a realizar una revisión clínica de los trastornos comórbidos de los últimos 10 pacientes entrevistados en su Clínica de Identidad de género. Ellos encontraron que “el 90% de estos pacientes tenían al menos una otra forma significativa de psicopatología. . . [Incluyendo] problemas del estado de ánimo y la regulación de la ansiedad y la adaptación en el mundo. Dos de los 10 han tenido remordimientos significativos persistentes acerca de sus transiciones anteriores”.

Sin embargo, en el nombre de “derechos civiles”, las leyes se están aprobando en todos los niveles de gobierno para evitar que los pacientes transexuales reciban terapias para diagnosticar y tratar los trastornos mentales co-ocurrentes.

Los autores del estudio de la Case Western Reserve University parecían ver venir esta ola legal cuando dijeron:

Este hallazgo parece estar en marcado contraste con la retórica pública, forense, y profesional de muchos de los que cuidan de adultos transexuales. . . Dar un énfasis a los derechos civiles no es un sustituto para el reconocimiento y el tratamiento de la psicopatología asociada. Los especialistas de identidad de género, a diferencia de los medios de comunicación, tienen que estar preocupados por la mayoría de los pacientes, no sólo los que aparentemente están funcionando bien en su transición.

Como alguien que pasó por la cirugía, estoy totalmente de acuerdo. La política no se mezcla bien con la ciencia. Cuando la política se impone sobre la medicina, los pacientes son los que sufren.

¿Qué hay de los suicidios?

Vamos a conectar los puntos. Las personas transgénero reportan intentos de suicidio en una asombrosa tasa superior al 40%. De acuerdo con Suicide.org, el 90% de todos los suicidios son el resultado de trastornos mentales no tratados. Más del 60% (y, posiblemente, hasta un 90%, como se muestra en Case Western) de las personas trasgénero, padecen trastornos psiquiátricos comórbidos, los cuales frecuentemente quedan completamente sin ser tratados.

¿El tratar con trastornos psiquiátricos subyacentes podría prevenir los suicidios transgénero? Creo que la respuesta es un rotundo “sí”.

La evidencia nos está mirando a la cara. Trágicamente un elevado número de personas transexuales intentan suicidarse. El suicidio es el resultado de los trastornos mentales no tratados. La mayoría de las personas trans sufren de trastornos comórbidos no tratados, sin embargo, contra toda razón, las leyes están siendo promulgadas para evitar su tratamiento.

Escribo desde una profunda preocupación por los hombres y las mujeres transexuales que intentan suicidarse, que no están conformes, y que quieren volver a su género de nacimiento. Los otros –los que parecen funcionar bien en transición, al menos por ahora durante su “respiro” –son celebrados en los medios de comunicación. Pero he oído de otros: los que prefieren permanecer ocultos, que están contemplando el suicidio, cuyas vidas están destrozadas, que han tenido la cirugía, pero que todavía tienen debilitantes cuestiones físicas o psicológicas, aquellos cuyo respiro se ha terminado.

En la década de 1970 y ahora, la cirugía de reasignación de género se realiza de forma rutinaria cuando se solicita. Las personas transgénero son la única población a quienes se les ha permitido hacer su propio diagnóstico de disforia de género únicamente sobre la base de su deseo en realizarse la cirugía de cambio de sexo, y no porque la comunidad médica ha encontrado pruebas objetivas de que es médicamente necesario este tipo de cirugía.

Después de cincuenta años de la intervención quirúrgica en los Estados Unidos, una base científica para el tratamiento quirúrgico de las personas trans no existe todavía. Un grupo de trabajo encargado por la Asociación Americana de Psiquiatría, que hizo una revisión de la literatura sobre el tratamiento del trastorno de identidad de género, en 2012 declaró: “Se determinó que la calidad de evidencia relacionada con la mayoría de los aspectos del tratamiento, en todos los subgrupos, es baja”. En 2004 , la revisión de más de 100 estudios médicos internacionales de transexuales operados no encontraron “evidencia científica sólida de que la cirugía de reasignación de género es clínicamente eficaz”.

Escuchamos los ecos de los pioneros en las clínicas Hopkins y Benjamin y vemos que sus primeras conclusiones confirman estudios actuales, mostrando una y otra vez la existencia de trastornos psiquiátricos y psicológicos en las mentes de los cambiadores de género ¿pero quién está prestando atención?

Escarnio y vilipendio esperan a cualquier persona que se atreva a sugerir que la psicoterapia es necesaria para tratar con eficacia la disforia de género. El Dr. McHugh, el Dr. Ihlenfeld, y otros como ellos muestran una gran integridad cuando plantean públicamente su preocupación por los problemas psicológicos existentes en el género de los cambiadores, y cuando presionan en contra del “enfoque aplastante” de tratamiento que proporciona hormonas y cirugía de reasignación, sin primero buscar un tratamiento menos invasivo y alterador de vida.

Los defensores y los pacientes transgénero temen que, si un psicólogo o un psiquiatra busca demasiado profundo en la psique del paciente, pudiera descubrir la presencia de un trastorno que, si se trata adecuadamente, le quitaría el sueño de cambiar de sexo, una fantasía que nutre la mayor parte de su vida. Vivir en la negación es a menudo un medio de escape, una manera de evitar mirar hacia atrás en los eventos de la primera infancia y hacer el trabajo duro de hacer frente a un pasado doloroso. Las causas de estos trastornos están tan profundamente enterradas, y agitarlas lleva a altos niveles de ansiedad, que modificar la propia identidad y apariencia, aun cuando es algo extremo, parece preferible.

Hace treinta y tres años me sometí a la cirugía de reasignación de género sólo para descubrir que era un alivio temporal, no una solución a los trastornos comórbidos subyacentes. He escrito libros, artículos publicados, y hablado en público en todo el mundo para iluminar a la gente sobre la prevalencia de suicidio entre las personas trans y sobre los riesgos y pesares de cambio de géneros.

Las cadenas de televisión como ABC que exaltan a transgéneros, como Bruce Jenner, en su agitación psicológica, hacen un gran perjuicio a las personas transgénero y a quienes los tratan, negándoles un ambiente seguro en el que aborden las cuestiones más profundas de trastornos comórbidos y el suicidio. Continuar ignorando la historia y las advertencias en los estudios e informes –por más inconvenientes o políticamente incorrectas que puedan parecer, no es una solución para el tratamiento de trastornos psicológicos. Hacer caso omiso de los suicidios no ayudará a prevenirlos. Ilegalizar ciertas intervenciones médicas cuando sabemos que el 90% de los suicidios se deben a trastornos mentales no tratados y que la mayoría de las personas trans padecen trastornos psicológicos coexistentes, no impulsa protocolos de tratamiento efectivos; se apaga la libertad de seguir hacia donde la ciencia conduce.

Permitir que un programa político anule y silencie el proceso científico no evitará los suicidios ni conducirá a mejores tratamientos para esta población. No es compasión; es una indiferencia imprudente hacia la vida de las personas.

 

 

Por  Walt Heyer bajo el mismo título

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