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CONSECUENCIAS DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO 2 + 2 = 5

La ideología de género no quiere convencerte que tú ERES hombre o mujer porque la cultura así lo determinó.  No quiere convencerte, su intención es imponerte que esa aseveración, carente de todo sustento científico, es cierta.  

La intención de esta locura social no es más que un contra ataque o arremetida del marxismo el cual creíamos, ingenuamente, que había caído conjuntamente con el Muro de Berlín.  Ideología fortalecida por una serie de intereses mal sanos, entre otros, como el control de la natalidad ante la convicción de la veracidad de los vaticinios  de Thomas Malthus y los intereses que inspiraron y confirmaron con el Informe Kissinger.

Los efectos son muchos.

    

El diálogo y comprensión acerca de la “ideología de género” es algo cada día más importante, en vistas a la manera como se quiere obligar a que los niños desde temprana edad tengan el “derecho” a optar por el género que ofrecen hoy en día los propulsores de esa ideología.

El “Colegio Americano de Pediatras” ha realizado un estudio en el que se abordan los peligros de la transexualidad y de la ideología de género. Este estudio se basa puramente en datos científicos y biológicos, e insta a los educadores y a los políticos a rechazar las políticas de adoctrinamiento que pretenden que los niños abracen de forma natural y saludable el cambio de sexo químico y quirúrgico.

Para empezar, cualquier estudiante inicial de medicina sabe y aprende muy claramente, que la sexualidad humana es un rasgo binario y biológico. Los genes ‘XY’ y ‘XX’ son marcadores genéticos de la salud. Lo normal en el diseño genético humano es ser concebido hombre o mujer. Este principio es evidente por sí solo. Además, también es importante entender que no sólo se trata de una evidencia física, sino que el sexo con el cual alguien nace involucra todas las dimensiones de la persona. Las tendencias personales, manera de pensar y acercarse a la realidad que lo rodea, inclinaciones y comprensión psicológica de la propia identidad, lo emocional y sentimental, la manera como uno se relaciona con la realidad que lo circunscribe, hasta la dimensión espiritual, que marca profundamente la identidad personal, desde la propia experiencia subjetiva, hasta la relación profunda con los demás y con Dios. Como se puede apreciar, hablar de sexualidad no se trata solamente de una cuestión genital, o algún tipo de “tendencia”.

Hay escasos niños o niñas que tienen esa confusión y desorientación sexual. Esto es real y sucede. Este desorden es considerado psiquiátricamente como un trastorno del desarrollo de la sexualidad (DSD). Son estudiados como trastornos que no se adecúan a la conciencia que se tiene de la propia identidad sexual. Pero que quede claro que son casos raros, y que se trata de una enfermedad. Así de claro lo encontramos en el Manual de Diagnósticos y Estadísticas de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-V). Según esta prestigiosa Asociación, está científicamente comprobado que el 98% de los varones y el 86% de las mujeres que durante la infancia tienen ideas o pensamientos confusos –en algunos casos– sobre su identidad sexual, finalmente aceptan su sexo biológico tras pasar por la pubertad.

El punto crucial es entender que nadie nace con “género” indefinido, lo cual “permite” que el niño decida cuál de los tantos géneros quiere ser. El asunto se pone aún más complicado pues la capacidad que tienen niños de más o menos 6 años, para entender qué significan esas posibilidades que se les concede, es prácticamente nula. El tema es aún más peligroso, pues no buscan el conocimiento o consentimiento de los padres, lo cual no sólo es un derecho que tienen, sino incluso el deber que les toca como padres, para orientar correctamente sus hijos en vistas a su realización personal. El gobierno está asumiendo de manera totalmente indebida la tarea que les toca a los padres, de educar y orientar a sus hijos según sus creencias.

Es sabido que además de la evidencia morfológica y visible que un niño o niña tiene al momento de su concepción, desde el vientre materno, con el encuentro del óvulo femenino con el espermatozoide masculino, también es fundamental y real el influjo socio-cultural, que poco a poco forma el desarrollo de la conciencia que uno tiene de sí mismo. Lo que se busca con la negación de la evidente sexualidad del concebido, es dar a entender que eso es simplemente algo acordado y definido por un grupo de personas. Lo cierto es que todo ser humano nace con sexo biológico. Ese concepto de género es una construcción socio-cultural, no algo biológico y natural, que es la sexualidad masculina o femenina con la que un bebé nace. Es decir, el joven elige su “género” influenciado por el entorno socio-cultural en el que vive, sin importar el sexo real con el que nace. Otro dato a tener en consideración, que puede demostrar los reales peligros de esta ideología, es que en Suecia, uno de los países más a favor de la inclusión y normalización de la ideología de género, los suicidios se disparan. Si permitimos esa difusión cultural ideológica, se favorecerá tristemente, que jóvenes que están reafirmando su propia identidad sexual, empiecen a ver como algo normal la posibilidad de aceptar esos pensamientos sexualmente equivocados. Por decirlo de una manera más coloquial, no hay ningún problema que alguien se cambie “sexo”. Mejor dicho: “género”.

Teniendo todo esto en cuenta, queda claro que lo único que importa realmente es la toma de conciencia personal, con la que el joven crece, y se va definiendo a lo largo de los años; para nada el sexo real con el que nace. Ser masculino o femenino es simplemente una imposición de una anticuada, rígida y discriminatoria cultura tradicional, que está asociada normalmente a la religión, razón por la que buscan silenciar y menospreciar cualquier pronunciamiento de autoridades religiosas.

La formación y maduración de la conciencia juvenil está bajo el influjo de poderosas fuerzas. Cada vez más los medios de comunicación y artistas famosos están en su mayoría “comprados” por esta minoría autoritaria ideológica que bajo la bandera democrática de la total libertad personal buscan redefinir la cultura socio-cultural en que vivimos. Las nociones que secularmente han sido aceptadas de la existencia y complementariedad entre ambos sexos, poco a poco van desapareciendo para dar paso a esta nueva propuesta ideológica del género. Esto lleva progresivamente que el púber considere que no hay ningún problema en que deje las “riendas sueltas” para escoger cualquier tipo de género, renunciando a su verdadera identidad.

El pasado diciembre de 2016 una importante y prestigiosa revista internacional hizo una polémica portada en la cual mostraba –bajo el título “Gender Revolution” (Revolución de Género)– un niño transexual de 9 años, promoviendo una agenda política clara, aprovechándose “de la ciencia y del bienestar de niños inocentes”. Esta edición fue considerada como un “ejemplar histórico”. Además, muestra entrevistas a niños de 80 países alrededor del mundo que expresan su “frustración” por no encajar en el hogar en el que han nacido. El niño que aparece en la portada aparece vestido de rosa de los pies a la cabeza –literalmente– y dice la frase: “La mejor cosa de ser una niña es que ya no tengo que pretender que soy un niño”. Narra a la revista las dificultades por las que pasó cuando decidió “convertirse” en una chica. Además, cuenta que “todo de ser una chica es bueno”. Esta publicación es apenas otro ejemplo más de la campaña promovida desde organizaciones internacionales como la ONU, Planned Parenthood, etc… a favor de normalizar la ideología de género y todo lo denominado como ‘LGTB’. Una iniciativa destinada sobre todo a los niños, con el objetivo de “moldearles” e imponerles esta doctrina desde edades tempranas. Que haya personas que crean en esta ideología no es el problema. Las personas tienen la libertad de pensar y creer lo que quieran. Lo que está totalmente equivocado es querer imponer, a través de la nueva malla curricular, una manera de pensar que confunda, desoriente y vaya en contra de las creencias familiares. El combate que vemos de millares de padres contra ese currículo no es que nadie pueda pensar lo que esa ideología enseña, sino que no sea enseñada a los niños como si fuera la aproximación real y adecuada a nuestra condición sexual, o de género. Los papás, por si acaso, tampoco están en contra que se enseñe que debemos vivir en una sociedad en la que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres. En el campo político, laboral o el que deseen. Pero de ahí, a decir que la sexualidad es una simple invención de los hombres, hay mucha diferencia.

Finalmente, el “Colegio americano de Pediatras” alerta también el riesgo que supone promocionar casos como el niño de la portada. “El uso prolongado de tal cantidad de hormonas para provocar el cambio de sexo pone en riesgo a estos niños de poder sufrir problemas cardiovasculares, enfermedades cardíacas, diabetes o incluso cáncer”, explica la presidenta de la asociación, Michelle Cretella. Además, están aquellos que haciendo operaciones químico-quirúrgicas cuando son niños o jóvenes, se arrepienten cuando son adultos, y no pueden hacer ya nada al respeto. La crisis existencial, las profundas heridas psicológicas, depresiones y demás consecuencias del dicho conflicto interior, es una realidad con la que personas así tienen que lidiar para el resto de sus vidas.

¿Qué tan difícil es decir si soy hombre o mujer?

La pregunta parece rara. Pero con todo lo que ya hemos reflexionado hasta aquí, que está ocurriendo actualmente, exige una profunda y muy seria reflexión. La propuesta de la “ideología de género” no puede ser acusada de modo superficial o desde un panorama general, motivado por un arranque de ira y pasión, lo cual es totalmente comprensible. Lo que buscan es hacer cada vez más presente y difundida en la cultura actual dicha ideología, permeabilizando las conciencias incautas, principalmente de nuestros niños y jóvenes. Sin mencionar personas maduras, con nivel universitario e incluso de posgrado, que aceptan como algo muy “natural” la propuesta ideológica, como una comprensión cada vez más “adecuada” de la cultura en que vivimos. Hablo de personas que, por ejemplo, tienen la trascendental tarea de educar las nuevas generaciones. Personas que tienen en sus manos la responsable autoridad para crear leyes e impulsar proyectos nacionales que se opongan o defiendan la auténtica naturaleza humana. Las razones por las que hacen o no hacen eso son muchas. Pero no viene al caso meternos en ese asunto ahora.

Es justamente por razones como esas, que se hace extremamente necesario estudiar, comprender y entender los alcances culturales e históricos, para demostrar y dejar claro los errores gigantes que tiene esa propuesta, que se impone de modo cada vez más descarado. Se necesita un estudio serio para desbaratar y contrarrestar esa perniciosa imposición social. No es una tarea fácil. Ya hay muchas personas e instituciones que están luchando en ese sentido. Pero no podemos bajar la guardia, aceptando que la equivocada noción de género penetre nuestra cultura. Gracias a Dios, hay tantos millares de familias que todavía luchan por defender la vida y la familia, con valores auténticos, de acuerdo con leyes que están presentes en nuestra constitución y defienden los valores que son parte de la tradición histórica de nuestra Patria.

¿Qué significa la palabra “género”?

Está cada vez más presente en nuestro vocabulario cotidiano. Según el diccionario de la Real Academia Española, en su tercera acepción significa: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”. Esto significa que personas de ambos sexos pueden decidir el género que quieran ser, independientemente de su sexo. Dicho de otra manera: Personas de ambos sexos pueden formar parte de un mismo grupo en el que no interesa la biológica diferencia sexual, sino más bien la manera como socio-culturalmente se ve a las personas. Ya no importa nacer hombre o mujer, aunque sea un rasgo evidentemente claro. Parece que no pudiéramos decir en este caso la conocida expresión: “La realidad se impone”. Más bien, cuanto más avance esta comprensión tergiversada de nuestra sexualidad –que según estos no existe– más gravemente difícil será recuperarnos cuando la realidad se imponga.

Ahora podemos elegir a cual “género” podemos pertenecer. Para ello, un paso fundamental –que parece penetrar nuestro vocabulario de modo casi subliminal– es reemplazar la palabra “sexo”, como la evidencia visual, biológica y natural, que deja claro el nacimiento de un niño masculino o una niña femenina, por la palabra “género”. El “Colegio Americano de Pediatras” –reconocido por la Asociación de médicos estadunidenses– estudió, basado en datos puramente científicos y biológicos, las dificultades que se generan con ese “simple” cambio de palabras.

Como ya dijimos anteriormente, un estudiante inicial de medicina sabe que un recién concebido tiene un rasgo binario, biológico y son marcadores genéticos que indican la masculinidad o femineidad del bebé. Por lo tanto, el diseño genético humano es ser concebido macho o hembra. No es algo que depende de nosotros, o de nuestras ideas. No depende de una elección posterior. Así nacemos, es algo biológico, independiente de una supuesta elección posterior.

Según dicha ideología la denominación “hombre” o “mujer” es algo estipulado por la sociedad. Es decir, en realidad, no les importa la naturaleza de cada individuo, sino qué “nombre” le damos a la nueva creatura. Obviamente, no dicen que no hay una diferencia entre ambos órganos genitales. Esa postura sería una locura. El problema es que solamente aceptan esa diferencia como una simple diferencia físico-anatómica. Sin embargo las diferencias van mucho más allá de la genitalidad visiblemente exterior. Es como si quisiéramos decir que una pistola, en realidad, no es una pistola. Simplemente le pusimos ese nombre, pero no importa que realmente dispara y puede matar. Tan es así, que le podríamos llamar como “martillo”. Cambiamos el nombre de la pistola a martillo, pues lo que realmente nos importa es utilizarlo para poner clavos en la pared, yendo en contra a su naturaleza, que es disparar. Por lo tanto, podría manipularla de tal manera que me sirviera como un martillo. El “nombre” que le damos a las cosas no es fruto de mi interés o provecho personal, sino que responde a lo que la “cosa” es. Veamos este punto desde otra perspectiva. Estrictamente hablando, no habría problema de llamar a la pistola –como es lo usual actualmente– con otra palabra. El “nombre” que le damos a las cosas es, efectivamente, fruto de un consenso. Por ello existen los diccionarios. Que nos explican la naturaleza real y objetiva de lo que esa palabra quiere expresar. Tanto es así, que el mismo objeto se dice de distintas maneras en las distintas lenguas. Aunque en los distintos idiomas, una pistola tiene distintos “nombre”, siempre esa herramienta es lo mismo. Una pistola sirve para disparar o matar, tenga el nombre que sea en distintos idiomas. La pistola es pistola aquí y en la China.

Si nos entendemos hasta aquí, la pregunta clave es: ¿por qué el esfuerzo titánico por sustituir la categoría “sexo” por la de “género”? ¿No estaríamos –aparentemente– hablando de la misma creatura? Obviamente. Pero, la razón que está por detrás de ese empedernido interés, es que la palabra “sexo” expresa de manera evidente que la creatura es un hombre o mujer. El uso de la palabra “sexo” ya nos hace entender que existe un ser masculino o femenino, concebido por naturaleza. Es decir, que no depende ya de lo que a mí me interesa. Por ello es tan necesario utilizar otra palabra (género), que permita entender esa creatura como algo que responda al interés ideológico. Como la palabra “género” no tiene un arraigo tan fuerte como el de la palabra “sexo”, es muchísimo más fácil manipular esa nueva palabra (género).

Cómo explicaba anteriormente, aceptar que el ser humano concebido es hombre o mujer, como algo real, más allá de lo uno pueda o quiera decir de modo caprichoso o interesado, no permitiría que los promotores de esta ideología digan que esa doble naturaleza es simplemente algo “inventado” por nosotros. Para no “luchar” contra ese “nombre” (sexo) tan fundamental y arraigado secularmente, es mucho más fácil utilizar otro término (género), dándole el significado que se desee. El significado dado a la palabra género permite la posibilidad de querer cambiar la identidad del niño. Según “investigación” de la seria y connotada revista internacional que ya mencionamos, son más de 50 géneros. Por lo tanto, este “simple” cambio de palabra, que puede y suele pasar inadvertido por la mayoría, esconde un problema de fondo sumamente grave. Como una rendija que abre una brecha cada vez más grande, para que la ideología de género sea promovida descaradamente. Astucia estratégica y malévola, pues tiene como público objetivo a niños, que prácticamente no tienen la conciencia y experiencia de vida recorrida, para hacer un juicio crítico.

¿Podemos pretender la locura de ser dioses?

Alrededor del año 1000 a.C. el rey David escribió esto: “El necio ha dicho en su corazón: ‘No hay Dios’” (Salmo 14,1). A finales del siglo XIX decía el famoso escritor Dostoyevski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. La pretensión de querer ocupar el lugar de Dios es tan antigua como es antigua la humanidad. Por detrás de ese deseo, está el querer ser dueño de la Verdad. Por si acaso, la capacidad de conocer y poseer la Verdad no es algo malo. Equivocado es cuando yo quiero una verdad a mi medida (Relativismo). Esta pretensión, que me da supuestamente la capacidad de decidir, según mi gusto personal, qué está bien y qué está mal, es una falsa libertad, sin ningún tipo de código ético. De este modo puedo hacer todo lo que la técnica y la tecnología nos permitan alcanzar.

La difusión e imposición de la “ideología de género” manifiesta paradigmáticamente lo descrito arriba. Ya no interesa el dato objetivo y natural del sexo con el cual nacemos. Más bien, dice la citada ideología, se trata de una simple idea tradicionalmente consensuada. Por lo tanto no existe la naturaleza real que supone los sexos complementarios. No podemos hablar de un sexo definido. El nacer hombre o mujer es una idea caduca. De quiénes todavía creen que eso depende de Dios; o, si no aceptar que existe una razón de fondo por la cual somos hombres o mujeres, que no depende de nuestra opción o deseo caprichoso personal. Para los que defienden a capa y espada esa “libertad”, desde muy temprana edad, a ser dueños de qué género quieren pertenecer, conceden a cada uno el poder de decidir cuál es su identidad genérica. Entonces, yo me creo a mí mismo. Yo soy quien creo mi razón de ser, mi propia felicidad. A causa de todo esto muchos empiezan a pensar, inadvertidamente, que no existe una realidad y una naturaleza, y que nuestra inteligencia no es capaz de conocer esa diferencia.

Hablar de una realidad o hecho biológico, genético, de cromosomas que definen ser hombre o mujer es algo que, por lo tanto, no tiene sentido. Aceptarlo sería creer o aceptar que existen cosas que simplemente debemos aceptar y conocer como lo que son. Ser hombre o mujer es algo que debo, o debería aceptar. Lo evidente, e incluso constatado por el sentido común ya no es muestra clara de una Verdad que tenemos en “nuestras narices”. Un reloj está hecho para dar la hora. Así es el reloj, no puedo cambiar.

Según la Real Academia Española, ideología es un “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, etc.…”. Por lo tanto, no me interesa abrir los ojos a la realidad –si es que existiera– sino pensar como a mí me interesa. Sólo reconozco lo que se ajusta a mis intereses: ¿qué género quiero ser? Dicho esto, podemos entender cómo ya no importa preguntarse ¿quién soy?, o ¿cuál es mi sentido en esta vida? No tengo nada que buscar o descubrir, porque soy yo quien decide y crea todo eso. En otras palabras, yo soy mi propio dios. Yo creo mi vida. Esta postura, que suena aparentemente interesante, termina siendo un camino de profunda frustración y desilusión, pues no somos nosotros los que inventamos un sentido para nuestra vida. Creer que soy yo quien elige arbitrariamente el sentido y razón de mi existir, promueve una existencia tristemente negativa, lo cual tiene muchas explicaciones. Me quedo simplemente con un dato, que proviene de la Asociación de pediatras americanos, que constata que Suecia, país que hace ya años adopto esa ideología, tuvo un crecimiento exponencial en tase de suicidios (más de 40%). ¿Por qué? Justamente pues en ese país, debido a la aceptación tan fuerte de la ideología de género, muchas personas no descubren el sentido de sus vidas, y prefieren suicidarse.

¿Está destruyendo a la familia esta ideología de género?

Es evidente cómo la “ideología de género” impone una “nueva realidad”, que tergiversa radicalmente la tradicional y secular concepción de familia. Son tantos nuevos modelos de “familia” cuanto nuevos tipos de género existen. Es algo caduco la institución complementaria entre el sexo masculino y femenino. Este cambio de paradigma afecta principalmente a los niños, que crecen profundamente confundidos en una recta conciencia de identidad masculina o femenina. Si no fuese así, por qué tantas parejas hacen la ecografía, no sólo para saber si el niño tiene salud, sino también para conocer el sexo de la creatura. Qué irónico todo esto. Si todavía vemos tan claro el entusiasmo de los papas por enterarse del sexo del bebé gracias a la ecografía, ¿cómo podemos, luego decir, que la naturaleza masculina o femenina es simplemente un acuerdo social?

¿Qué pasa si es que ese niño o niña crece y es educado en un entorno “familiar”, escolar y social, en los que se presenta como algo normal escoger su género? Las posibles ideas que puede uno tener en ese camino de afirmar su identidad personal, son obviamente afectadas y equivocadamente orientadas. La posibilidad de cambiar el sexo o elegir entre los tantos géneros que existen se torna algo normal. A tal punto, que ya no habría ningún problema en inventar identidad sexual.

Por supuesto, todo esto ataca directamente la idea secularmente conocida y tradicional de la familia. Realidad que se compone de la unión de un hombre y mujer muy claramente definida, de cuya complementariedad se concibe un niño o niña. Si ya no existen el hombre y la mujer, ya no es posible la procreación natural. La idea que tenemos de cómo es una familia, y cómo es la sociedad, poco a poco se va transformando. El futuro se torna incierto. Nos espera una caótica realidad.

Es tiempo de luchar por la verdad

Vivimos en una sociedad democrática. Por supuesto existen distintos puntos de vista, distintas opiniones. Eso no es un problema. Cada uno merece el derecho de ser escuchado y tener sus propias creencias. Pero nunca podemos imponer y exigir que todos piensen y actúen según la visión de un determinado grupo de personas. Estaríamos hablando más bien de un autoritarismo, o, como algunos dicen, la democracia de la minoría. Eso es lo que buscan los difusores de la ideología de género, enseñando a los niños, desde temprana edad (hablamos de 6 años, niños de primero de primaria), con material de estudio, que más parecen libros de sexualidad, en vez de una sana educación en valores.

No me opongo al diálogo. Pero se debe favorecer una sana búsqueda de la verdad. Sin embargo, lo que vemos actualmente, es la insensatez de una ideología que no quiere aceptar la realidad, que se puede apreciar por el sentido común. Encerrada en una burbuja, tarde o temprano se derrumbará, al enfrentarse contra la realidad, que siempre termina por imponerse. Lo triste y lamentable son las próximas generaciones, hijas de esta “renovada educación”, que vivirán una profunda frustración, fruto de una extraña crisis de identidad.

Esta ideología acomoda la supuesta realidad según intereses personales, lo cual lleva a actuar de modo contrario a la evidencia sensata, que por siglos ha aceptado la complementaria y necesaria relación entre el hombre y la mujer. Poco a poco se crea una nueva cultura, la cual no permite la sana realización personal, puesto que sólo puede darse si es que se vive de acuerdo con la recta sexualidad. Cuando hablamos de “naturaleza” –en este caso humana– vale la pena decir que se trata de “algo” –por decirlo de alguna manera más sencilla– que hace a una persona hombre o mujer. Solamente con los pies en el suelo anclados firmemente en la realidad, se puede construir algo positivo. Lo resto es pura ilusión, que no tiene ningún asidero fundamental.

Albert Einstein escribió alguna vez: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. Critica la indiferencia de los “buenos”, que permiten la escalada descontrolada de los perversos. Estos “buenos” son una verdadera lacra social, pues no construyen nada, sino que, a sabiendas de una equivocada ideología, permiten el caos cultural que de ello se origina.

Obviamente, esta postura malévola de los “buenos” tiene muchas causas. Sin embargo, quiero resaltar simplemente una de las tantas. En muchos casos, los problemas que existen son hijos de la pereza de aquellos que podrían salir al paso y enfrentarse contra la actual ideología de género. Con mucha alegría vemos la impresionante convocatoria que se formó para dejar claro el día 4 de marzo, que “con mis hijos no se metan”. Si los que, supuestamente, conocen y entienden lo que está pasando no hacen nada, entonces estamos a merced de los que sí quieren proponer una visión, que tristemente deforma y tergiversa la verdad de las cosas. No hay tiempo para la poquedad y cobardía. El tiempo apremia y demanda una acción decidida. Decir: “Es imposible contrarrestar la ola ideológica que se viene gestando hace décadas”, es fruto de esa pereza. Son excusas de los que no están dispuestos a enfrentar una auténtica batalla cultural. Así estamos. No nos dejemos engañar por aquellos que tienen la “cara dura” para decir que no existe la “supuesta” ideología de género. Defendamos nuestros niños. Defendamos un futuro en el cual nuestros hijos puedan ser realmente felices. Que no sean engañados por ideologías que lo único que buscan es engañar a las personas incautas, con un fin económico.

El grave daño y consecuencias de la “ideología de género”. Por Pablo Perazzo. En conectado con lo esencial.

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