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El aborto y los males para la mujer “beneficiaria”

El aborto y los males para la mujer “beneficiaria”

Francisca Decebal-Cuza, Médico psiquiatra adultos y académica de la Universidad de Chile, ha escrito 3 artículos para El mostrador, los mismos que presentamos, juntos en esta misma publicación.  Estos, si bien son una critica a los fundamentos de la ley pro aborto de su país, Chile, son perfectamente aplicables para el nuestro país y sus intentos de procurar legalizar el aborto.     

Estos artículos, no hacen mas que evidenciar que los argumentos pro abortistas carecen de sustento y por el contrario todos los estudios actuales y modernos demuestran el grave daño que produce el aborto en “favor” de quienes se “beneficiarían”  

Francisca Decebal-Cuza fue invitada por el Congreso de su país, a sustentar estos mismos argumentos. 

“No existe ningún libro de psiquiatría que señale que el tratamiento para el estrés postraumático a partir de una violación sea el aborto. Y sabemos, además, que el aborto es para muchas mujeres un evento traumático en sí mismo. Es decir, a esta mujer vulnerable, le ofrecemos un proyecto de ley que nuevamente no le permite tener más opciones y la revictimiza”.

En el caso de la inviabilidad fetal el proyecto afirma que forzar a la mujer a llevar a término el embarazo supone mantenerla en un permanente estado de duelo. En el caso de violación, señala que obligar a la mujer a mantener un embarazo en contra de su voluntad agrava el trauma de la violencia sexual. Ambas presunciones son falsas.

Una de las pocas cosas en que hay consenso científico sobre el aborto, es que aquellas mujeres que presentan complicaciones psiquiátricas son las que tienen apego con el feto y las que tienen psicopatología previa. Irónicamente, las dos características que poseen las mujeres “beneficiadas” en ambas causales.

La madre cursando un embarazo con feto inviable, se enfrenta a la terrible situación de lidiar con la muerte de un hijo deseado, quien además, morirá producto de su acción directa, lo que hace que este duelo se pueda complejizar gravemente. Interrumpir el embarazo no solamente no ha sido probado como una intervención terapéutica eficaz para el manejo de este enorme dolor, sino que también dificulta que la mujer resuelva adecuadamente la primera tarea del proceso de duelo, que es aceptar la realidad de la pérdida. Es decir, inicialmente la mujer sentirá alivio, pero posteriormente será incapaz de elaborar adecuadamente su duelo, lo que traerá en realidad más sufrimiento.

La mayoría de los embarazos producto de una violación se dan en adolescentes abusadas sistemáticamente dentro de su entorno familiar. En ese contexto es imposible no tener algún tipo de psicopatología. El aborto, por mucho que queramos, lamentablemente no resuelve el problema. Lo único que hace es darnos la ilusión de que por eliminar la consecuencia visible, el acto de violencia en sí desapareciera de la historia. La gente suele creer que el embarazo va a producir una re experimentación permanente del trauma en el cual el hijo fue concebido. Sin embargo, lo traumático del embarazo producto de una violación, no es el embarazo, sino que la violación. No existe ningún libro de psiquiatría que señale que el tratamiento para el estrés postraumático a partir de una violación sea el aborto. Y sabemos, además, que el aborto es para muchas mujeres un evento traumático en sí mismo. Es decir, a esta mujer vulnerable, le ofrecemos un proyecto de ley que nuevamente no le permite tener más opciones y la revictimiza.

En Medicina existen poquísimas intervenciones que sean aceptadas sin contar con evidencia que respalde que sus beneficios superan ampliamente sus riesgos. El aborto en caso de violación e inviabilidad fetal sería una excepción única a esta regla de buena praxis. Pareciera como si se les estuviera otorgando el privilegio de omitir una evaluación científica seria. ¿Por qué garantizar el aborto si no hay ningún estudio que diga que mejora el pronóstico psíquico a largo plazo de estas mujeres y, lo que es peor, podría dañarlas aún más?

 

“La segunda sorpresa es que se ratifica lo que dicen los estudios en el campo; la mujer que aborta suele tener a la base trastornos psiquiátricos más severos que la que no lo hace, es decir, es más vulnerable que aquella mujer que decide continuar con el embarazo”.

Todos concordamos en que el aborto es un escenario indeseable. Nadie quiere matar un feto si no es necesario. Hoy nuestro país discute si el aborto es una necesidad para algunas mujeres, por lo que la pregunta obvia a continuación es si abortar constituye una alternativa más favorable que seguir adelante con un embarazo indeseado.

Últimamente me han preguntado mucho qué pasa a largo plazo con la salud mental de las mujeres que abortan, sin embargo la evidencia disponible en la literatura científica es contradictoria. Por esta razón, si bien podría resultar sesgado, confío más en la sistematización de mi propia experiencia clínica.

Cada vez que recibo a una mujer en mi consulta psiquiátrica, le pregunto dirigidamente si se ha realizado abortos. Lo hago desde hace unos siete años y esto me ha permitido tener una casuística de alrededor de trecientas pacientes, muchas de las cuales he seguido tratando por largo tiempo.

Me he llevado varias sorpresas al revisar las fichas clínicas de estas mujeres. La primera es que, a pesar de que la mayoría tiene buena situación económica (el grupo que supuestamente más aborta porque puede pagarlo), la proporción que ha abortado no alcanza a ser una de cada veinte.

La segunda sorpresa es que se ratifica lo que dicen los estudios en el campo; la mujer que aborta suele tener a la base trastornos psiquiátricos más severos que la que no lo hace, es decir, es más vulnerable que aquella mujer que decide continuar con el embarazo.

¿Y qué pasa psiquiátricamente con la mujer que aborta? Tercera sorpresa, no hay una sola respuesta. En mi práctica profesional he visto pacientes (pocas por suerte) que a partir de un aborto han desarrollado patologías psiquiátricas devastadoras y que llevan años en terapia psiquiátrica y psicológica intentando sobrellevar este trauma; pacientes (la mayoría) que tienen sintomatología moderada que responde bien al tratamiento; y pacientes (las menos) en las que el aborto es un antecedente más en su historia obstétrica, que aparentemente no produjo consecuencias psíquicas mayores, si bien esto podría entenderse a partir de mecanismos defensivos como la negación.

Sobre la conformidad con el aborto, la mitad de mis pacientes sigue arrepentida incluso después de décadas.

Por supuesto también tengo muchas pacientes que son madres, varias de las cuales consideraron abortar y no lo hicieron. En este grupo hay algunas que han llegado a término con embarazos de fetos “inviables”.

¿Y qué pasa psiquiátricamente con la mujer que se ha convertido en madre? Cuarta sorpresa: a diferencia del grupo anterior, hasta el día de hoy no tengo ningún caso de una mujer en quien la maternidad en sí haya producido patologías psiquiátricas devastadoras ni que haya llegado al final de su gestación y se encuentre arrepentida de que su hijo haya nacido.

Así, en mi casuística, el aborto claramente es menos seguro que el no abortar.

 

Asumir que la autonomía de la mujer es éticamente más importante que la no maleficencia hacia el feto, implica que el feto es menos persona merecedora de derechos que su madre porque tiene un nivel de desarrollo menor. ¿Entonces un recién nacido tiene menos derechos que un bebé de seis meses?

En relación al debate sobre el aborto es fundamental aclarar que desde la ciencia resulta imposible afirmar que la salud mental a largo plazo de la madre que aborta a un feto inviable o producto de una violación, será mejor o peor que aquella que no aborta. Lo cierto es que existe evidencia publicada en ambas direcciones y a la fecha no sabemos realmente cuál de las dos opciones es más conveniente para la salud mental de la mujer, de modo que argumentar un daño o beneficio psíquico a partir de un aborto (o un “no aborto”) resulta igual de falaz para cualquiera de las dos posturas.

En virtud de lo anterior, centrar el debate en las potenciales consecuencias que puede generar en la salud mental de la mujer puede llevar a juicios precipitados y no siempre correctos. En este sentido, creo que la discusión debe apuntar a temas aún más básicos, en relación al feto como sujeto merecedor de derechos.

Si bien el derecho de la mujer de decidir sobre su cuerpo responde al principio bioético de autonomía, no podemos olvidar que existe un orden jerárquico. Por sobre este principio, está el de no maleficencia, que claramente se vulnera en el feto cuando se pone fin a un embarazo precipitadamente.

En medicina hay consenso en que tras la fecundación existe un individuo de la especie humana que tiene vida. Es decir, desde una perspectiva biológica, hay acuerdo en que el cigoto es un ser humano en un estadio inicial de desarrollo. Sin embargo, donde no existe consenso, es en qué momento preciso dicha vida se considerará como digna de ser protegida y es esta discrepancia la que suele convertir la discusión en un diálogo de sordos.

¿Es el derecho de la madre de decidir sobre su cuerpo más importante que el derecho del feto a vivir por el tiempo que sea? ¿Es el principio de autonomía más importante que el derecho a la vida misma? El análisis bioético serio exige que las conclusiones obtenidas producto del proceso deliberativo sean extrapolables a otras situaciones similares; asumir que la autonomía de la mujer es éticamente más importante que la no maleficencia hacia el feto, implica que el feto es menos persona merecedora de derechos que su madre porque tiene un nivel de desarrollo menor. ¿Entonces un recién nacido tiene menos derechos que un bebé de seis meses?

Sería bueno que empecemos a hacernos estas preguntas y así aportemos al debate con argumentos serios y, por sobre todo, libre de descalificaciones hacia la contraparte. Como sociedad debiésemos además, trascender la obligatoriedad impuesta por la ley (ética de mínimos) y preocuparnos genuina y concretamente de apoyar (ética de máximos), a las mujeres que se ven enfrentadas a este tipo de situaciones, a todas luces devastadoras, generando instancias que garanticen que en ellas sí se vele por el derecho más elemental; ser consideradas como un ser humano.

 

 

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