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Encadenados al deseo: de la ideología de género al transhumanismo (V)

Encadenados al deseo: de la ideología de género al transhumanismo (V)

La perspectiva de género ha dado pie a una eclosión de grupos muy minoritarios que han convertido por sus pulsiones sexuales en identidades políticas. Lo que históricamente solo habían sido prácticas sexuales individuales, reconocidas socialmente o penalizadas; han alcanzado el estatuto legalmente reconocido de una identidad colectiva: la homosexualidad, como caso más destacado, pero a cuyo rebufo avanza la transexualidad y la bisexualidad, aunque esta última, por su naturaleza, posee un hábitat más poroso en el conjunto de la sociedad y necesita de menor protección y fomento, dado que funciona muy bien por sí sola. Estas particulares preferencias sexuales significan una importante aportación para la ideología de género, porque justifica su núcleo teórico: el ser hombre o mujer no importa, lo que cuenta es la libre construcción cultural que uno hace de su forma de vivir la relación sexual, de manera que se pueda ser mujer en cuerpo de hombre y a la inversa, y además cambiar. En esta ideología el sexo es por definición polimorfo.

 Significa la destrucción de la determinación de la base material humana en su dimensión clave, la sexual. La que configura en gran medida capacidades diferentes de los hombres y mujeres, desde la biología hormonal a la forma de procesar la información, especialmente la sexual, y responder a ella. Es una gran ruptura con la base biológica de la concepción antropológica del ser humano. Constituye un estadio superior de la desvinculación porque la practica sobre el fundamento antropológico.

Pero en su versión política la teoría del polimorfismo no funciona exactamente así, porque queda reducido a la primacía homosexual en el hombre, y al post-feminismo de género en la mujer. No hay lugar para el varón.

El concepto polimorfo tiene sentidos distintos según el ámbito en el que se aplique, como la genética o la informática, aunque alguno de ellos puede servir, como el que posee en programación: “una entidad que puede contener valores de diferentes tipos durante la ejecución del programa”.  En un sentido más general constituye la propiedad de ciertos cuerpos que pueden cambiar de forma sin variar su naturaleza, o en biología la característica de algunas especies de presentar un aspecto morfológico distinto las especies que tienen dimorfismo sexual. En realidad, ninguna definición se ajusta bien al sentido que le otorga la ideología de género, que sitúa la construcción cultural de la orientación sexual como algo movible.

Pero, en la práctica política, lo único que legitima -y se presiona para que también sea una regulación legal- es la condición homosexual; el “salir del armario” lo expresa en términos populares. Una opción, la del cambio, que está vetada para el homosexual, que no puede probar que su condición también es cambiante, transformándose en heterosexual. Se produce así una de las muchas contradicciones inasimilables de la ideología de género. La condición heterosexual, que es la única que posee la capacidad reproductora de la especie, es inestable, mudable, mientras que la homosexualidad es el estadio definitivo del ser humano. Llevado a sus últimas consecuencias lógicas, la sociedad debería avanzar hacia su condición homosexual, que nunca puede volver atrás. Esta idea es brutalmente contraria a la biología evolutiva, uno de cuyos principios inapelables es garantizar la continuidad de cada especie.

Para el feminismo de género el “hombre”, el “macho”, constituye en si misma una categoría negativa que solo puede cambiar positivamente si adquiere otra condición sexual (de género). El “hombre” configura una “clase biológica” (ahí ya no juega la construcción cultural, porque se trata de dejar de ser macho en su sentido nominal y no como adjetivación) que construye una cultural, la “patriarcal”, que tiene por objeto reprimir a la mujer. Uno de sus mecanismos básicos es la violencia contra ella, y esto explica la transformación de una categoría patológica, el feminicidio de pareja, tan ligado a la ruptura del vínculo, en una categoría social, política y, en el caso de España, legal. La del hombre, quien por el simple hecho de serlo es presuntamente culpable, y su delito resulta -aunque sea igual- mucho más penado que si lo comete una mujer.

El homicidio de mujeres es particularmente repugnante porque se realiza generalmente contra el más débil, y rompe un código de conducta no escrito de una especial protección a la mujer, al niño y al anciano. Por eso debe denunciarse la manipulación que sufren las víctimas, bajo la etiqueta asumida acríticamente de “violencia machista” es decir la que impone el hombre. La legislación española ha consagrado bajo este principio falso una norma injusta: ser hombre comporta por el simple hecho de serlo una mayor gravedad en la sanción, pero no como un agravante que puede o no darse, sino como un hecho estructural. Se transforma la patología de unos casos concretos en una causa general.

 Se producen de medio centenar a sesenta casos de feminicidios de pareja al año, para una población de 23,6 millones de mujeres, que se practican la mayoría de ellos en circunstancias muy concretas, las de la ruptura del vínculo de la pareja. Este hecho especifico se transforma en una violencia genérica, indiscriminada, del hombre contra la mujer, sin abordar la patología del rechazo, sin deslindar lo que es un presunto asesinato con alevosía, como pueda ser el caso de las dos jóvenes presuntamente asesinadas por la ex pareja de una de ellas, en este verano del 2015 en Cuenca, con el resultado de un trastorno emocional grave que en muchos casos conlleva el suicidio del propio agresor, y todo ello, además, proyectado, como “violencia de género del hombre”, que es el sentido real de la expresión. Cincuenta, sesenta casos al año, no pueden abordarse como un hecho masivo, como una especie de plaga; así no se resuelve nada, a pesar de la dureza de las sanciones; el acto que en una mujer es una simple falta, cometido por un hombre se transforma en delito que puede terminar en prisión. De poco sirve el despliegue de medios otorgados a esta causa en una justicia particularmente pobre de ellos; juzgados especiales, órdenes de alejamiento, vigilancia preventiva. Inexorablemente muchas de estas muertes llevan la coletilla por parte de los más media de que no “existían ni denuncias previas, ni antecedentes penales”. Claro que no, porque lo que hubo fue la explosión de una patología que debía haber sido tratada. Esto no quita para que sí existan hombres maltratadores que disfrutan haciendo daño a la mujer, pero meterlo todo en un mismo saco, y generalizarlo, conduce a un grave error que impide actuar con justicia y eficacia.

Porque, este discurso enmascara las evidencias. Es fácil constatar que, a pesar de tratarse de uno de los países con una legislación más amplia y dura, España presenta una tasa de homicidios de mujeres de los más bajos de Europa, lejos de los países destacados de la lista, como Suiza, Finlandia o Noruega, lo que aparentemente no deja de ser una sorpresa para los estereotipos que se manejan. Estados, que por otra parte, que tratan el problema en el marco de la legislación general y no mediante leyes especiales. En España se da un despliegue legal y de medios que no tienen en términos relativos parangón en Europa.

Este corsé ideológico que impera impide constatar otra evidencia preocupante: los homicidios totales disminuyen, mientras que los que suceden contra mujeres descontados los feminicidios de pareja crecen. ¿Por qué? ¿Cuáles son las causas?.¿Por qué nunca se ha estudiado en España, como han hecho otros países de Europa con resultados probatorios, como influye la prostitución en los homicidios y la violencia contra la mujer? Porque con las excepciones contadas de algún grupo feminista, el oficial, el de género, y el conjunto de los partidos políticos, nunca han mostrado interés por esta relación.

 Se debe proteger a la mujer, claro que sí, y al niño, y al anciano, pero también al hombre de una estigmatización injusta fruto de la manipulación. Y, para protegerlos a todos, lo primero es abordar las causas reales que ocasionan el daño, y además en su justa proporción y medida.

 

 

Continuación de:  Encadenados al deseo: de la ideología de género al transhumanismo (IV)

 

 

Artículo condensado.

Por: Josep Miró i Ardèvol en Forum Libertad.com

 

 

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