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Mamá “tengo pene pero quiero ser mujer”. Papá “tengo vagina pero quiero ser hombre”

Se difunde información parcializada, sino sesgada, en uno solo sentido: “Si un niño no está conforme con su sexo biológico tiene derecho a resignar su sexualidad y tenemos que aceptar su decisión” dejando de lado lo riesgoso que resulta ésta por su vinculo con el acto indice de suicidios de la comunidad gay.  Suicidios que se ven en países “modernos” que admiten el matrimonio gay.   es decir, países inclusivos. Dicho en otras palabras, no es por depresión derivado por homofobia alguna.  Y es que se confunde el transexualismo, patología psiquiátrica, con la Disforia de Género.

Esta prohibido que un niño compre licor o siquiera entrar a un cine solo ¿pero si puede decidir el cambio de su sexualidad?

 

«Todos los manuales de clasificación diagnóstica, todos, dicen que el transexualismo es en la edad adulta» Juana Martínez Tudela, especialista en Psicología Clínica:

En la infancia lo que hay es disforia de género, según esta experta, es decir, «un trastorno de la identidad sexual cuando se es menor». Ya hay diferencias. ¿Puede aparecer siendo tan pequeños? «Claro que sí, desde los cinco años e incluso menores», sostiene Martínez. Pueden aparecer manifestaciones corportamentales, o lo que es lo mismo, que un niño se comporte como si fuera una niña y viceversa, por lo que hay que valorar y hacer un seguimiento para ver cómo se van desarrollando hasta llegar a la pubertad.

En esta etapa de la vida se producen muchos cambios y variaciones. Físicas y también sexuales. «Al llegar a una edad determinada, esos comportamientos de género cruzados pueden desaparecer», asegura esta experta. Para reforzar esta afirmación recurre a estudios internacionales, que aseguran que el 85% de los niños diagnosticados de disforia de género en la infancia dejan de tener este trastorno cuando crecen. «Y es una cifra significativa». Ver articulo:  Entonces el cambio de sexo no es la solución

En quiénes persiste la disforia de género en la adolescencia? «En aquellos que, efectivamente, van a ser transexuales», explica la especialista. Un 15%. La cifra varía según estudios, «pero el promedio es ése, los que continúan con ese sentimiento que son del sexo opuesto a su sexo», agrega.

La propia experiencia de Martínez sirve para corroborar esta tesis. En los doce años que lleva abierta la unidad malagueña, sólo ha atendido a quince menores de doce años, lo que representa menos de un 10% de todos los pacientes que han pasado por sus consultas. «Y de esos casos, que empezaron con 7, 8 y 9 años de edad, en cuatro casos, la disforia no ha remitido», explicó.

¿Qué es lo que habría que hacer entonces? «Seguir protocolos, recomendaciones clínicas y guías», sostiene. Recomienda prudencia. En ningún caso «alentar ni motivar esos comportamientos de género cruzados». Llevar a cabo una evaluación y un seguimiento del menor y de su familia para ver si aparecen problemas que estén asociados o de otra índole.  

Si llegada la pubertad se mantiene y el menor forma parte de ese 15% en los que no desaparece la disforia de género, especialistas hacen una evaluación exhaustiva del menor en todos los aspectos. «No todos los comportamientos de género cruzados tienen que asociarse a la transexualidad», matiza Juana Martínez. Es decir, que hay que hacer diagnósticos diferenciados y personalizados porque un adolescente, «aunque quiera vestirse de mujer puede que no reúna los criterios diagnósticos para poder pasar a la segunda fase del tratamiento hormonal», advierte esta psicóloga.

¿Y mientras llega a la pubertad qué? Hay que procurar que el desarrollo del niño sea lo mejor posible. «Y ahí tienen que estar implicados todos los agentes relacionados con el menor: los padres, el colegio, las leyes y también la sanidad», dice. Un menor no dispone de los elementos de conciencia suficientes para abordar unas cuestiones tan sensibles, asegura esta experta, por este motivo, es importante «acompañar esta transición para que sea lo menos problemática posible, estableciendo límites para que pueda crecer sin estar en conflicto todo el tiempo, e intervenir cuando llegue el momento».

¿Esta aparente indiferencia a los deseos del niño y la familia no puede provocar daños psicológicos? ¿No provoca que se sienta discriminado? La psicóloga de la Unidad de Transexuales e Identidad de Género de Málaga advierte que sería peor en el caso contrario. Esto es, dar marcha atrás en un proceso ya iniciado. Martínez pone como ejemplo el caso de Holanda. «Allí el volumen de niños con disforia de género es inmenso y sus familias, al ver que tenían estos comportamientos, accedieron a considerarlos del sexo opuesto, comprobando que al desaparecer la disforia, fue mucho más dramático y problemático para los menores», argumenta.  

 

Condensado de “Sólo el 15% de los niños con disforia de género termina siendo transexual” por Ignacio A. Castillo en la Opinion de Malaga.

 

 

[1]   En un artículo publicado en The Wall Street Journal, el profesor McHugh escribe: “Cuando se hizo un seguimiento de menores que habían afirmado sentirse transexuales -y no sometidos a tratamientos médicos o quirúrgicos- en la Universidad Vanderbilt y en la Clínica Portman de Londres, entre el Instituto Gatestone por ciento de ellos dejó de tener esa sensación de manera espontánea”. También existen tratamientos orientados a que los niños se sientan cómodos con su sexo biológico, en vez de estimular su disforia de género. El psicólogo y especialista en identidad de género Ken Zucker, del Centro de Adicciones y Salud Mental de Toronto, ofrece dicho tratamiento. Su clínica también ha observado un aumento en el número de niños confusos respecto a su sexo.

Según el DSM-V, hasta un 98% de niños con género confuso y hasta un 88% de niñas con género confuso aceptan finalmente su sexo biológico tras pasar la pubertad de forma natural.

El Hospital Johns Hopkins, pionero en operaciones de cambio de sexo en la década de los 60, descubrió que en realidad no suponían ninguna ventaja significativa, así que en los años 70 dejó de practicar dicha cirugía. La mayoría de las personas que se operaron estaban “satisfechas”, pero aun así tenían problemas; el equipo decidió que el resultado no justificaba amputar órganos que no tuviesen problemas.

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